Federico Ozanam, precursor de la Doctrina Social de la Iglesia

ozanamFederico Ozanam murió a la edad de 40 años. Aunque siguiendo la orientación de su padre, a los 23 años había conseguido ya el doctorado en derecho, e incluso ejerció la abogacía por algún tiempo, su verdadera inclinación intelectual le llevó al estudio de la historia y de la literatura. A los 26 años se doctoró en Letras; dos años después consiguió las cátedras de literatura y lenguas extranjeras en la universidad de la Sorbona. Publicó trabajos importantes sobre la Edad Media, sobre los poetas franciscanos medievales, sobre Dante…, trabajos que todavía hoy se consultan por su importancia para el conocimiento de la cultura cristiana medieval. El mismo año en que comenzó su enseñanza en la universidad de París contrajo matrimonio con Amelia Soulacroix, con la que tuvo una hija. Aún hoy hay en París algún descendiente heredero de su apellido.Fue beatificado por Juan Pablo II en la catedral de Nôtre Dame de París el 22 de agosto de 1997. El calendario litúrgico de la Iglesia Católica celebra su memoria el 9 de septiembre.

La fundación de las Conferencias de San Vicente de Paúl (1833)

Aunque Federico Ozanam ha dejado una huella importante en la historia de la cultura europea, la verdadera obra de su vida, la que fue reconocida oficialmente como tal por Juan Pablo II ante la Iglesia y ante el mundo en la ceremonia de beatificación, comenzó años antes de que consiguiera su primer doctorado. A los 18 años Federico dejó su hogar familiar en la ciudad de Lyon, donde su padre ejercía de médico. Federico mismo había nacido en Milán, pero siendo sólo de dos años de edad su familia se había trasladado a Francia. El cambio del ambiente familiar al agitado mundo universitario de la capital le resultó muy brusco. Escribe a un amigo, a los dos meses de llegar a París: “Separado de los que amo, siento que me atrae el deseo de vivir en el hogar doméstico, a la sombra de mis padres. París me desagrada, esta ciudad sin límites en que me encuentro perdido, lugar de destierro”. El joven Federico se vio sumergido de inmediato en una crisis de fe provocada por el ambiente descreído y revuelto de la universidad. La crisis no fue muy larga, pero fue muy dura. Para salir de ella, a sus 20 años, sólo dos años después de llegar a París, funda, junto con un pequeño grupo de jóvenes estudiantes de su edad, las Conferencias de San Vicente de Paúl. Éste resultó ser el verdadero hogar de su vida y de su fe hasta su muerte temprana a los 40 años. Los primeros pasos de Ozanam para tratar de confirmar su fe habían tomado antes forma en unas Conferencias de Historia en las que se trataba de defender en el mundo universitario la influencia de la Iglesia Católica en la creación de la cultura europea. Pero muy pronto un joven agnóstico influido por el pensamiento socialista de Saint-Simon vino a decir a Ozanam y a sus amigos católicos, a quienes veía tan entusiastas en defender el trabajo de la Iglesia a favor de la cultura, que la también gloriosa tradición de la Iglesia en la redención de los pobres no tenía nada parecido que ofrecer en aquellos años, primer tercio del siglo XIX, tiempos de explotación brutal económica, de proletarización y de crecimiento pavoroso de la pobreza entre las clases bajas de Francia. Les reprochaba, en suma, que la Iglesia se había olvidado de los pobres de aquel tiempo, advirtiéndoles además que si querían probar ante sí mismos y ante el mundo la verdad de su fe, no había otro camino que el señalado 19 siglos antes en la carta de Santiago: la fe, si no se manifiesta en obras a favor de los necesitados, está realmente muerta (St 2,14-17). El reproche del estudiante agnóstico hizo mella en Ozanam y sus amigos. Las nuevas Conferencias que habían de fundar no serían ya de historia, sino de caridad. Así describe el mismo Ozanam, siete meses antes de morir, las ideas que les impulsaron a fundar las Conferencias de San Vicente de Paúl: “Os habla uno de aquellos ocho estudiantes que hace veinte años se reunieron bajo la inspiración de san Vicente de Paúl en la capital de Francia. Sentíamos la necesidad de mantener nuestra fe en medio de los asedios que procedían de diversas teorías de profetas falsos. Y nos dijimos: Trabajemos; hagamos algo que dé fortaleza a nuestra fe. Pero ¿qué podíamos hacer para ser católicos de verdad sino consagrarnos a hacer lo que más agrada a Dios? Socorramos, pues, a nuestro prójimo como lo hacía Jesucristo. Para que Dios bendiga nuestro apostolado nos falta una cosa: obras de caridad. La bendición de los pobres es la bendición de Dios.” Fueron estas segundas Conferencias las que él ve ahora, en la edad madura, como el mejor baluarte de su fe. Estas Conferencias no le empujan a la posición defensiva de las Conferencias de Historia; le llevan a la acción: “Trabajemos, hagamos algo que dé fortaleza a nuestra fe”. Y le empujan no simplemente a la acción, por ejemplo, de propaganda de la doctrina católica, sino a la acción social: “Socorramos a nuestro prójimo como lo hacía Jesucristo”. Y además a la acción social como manifestación privilegiada de la fe, pues una tal acción a favor del prójimo es “lo que más agrada a Dios”. Cuando Ozanam pronunciaba estas palabras aún faltaban treinta y ocho años para que todo un papa, León XIII, legitimara esa visión de la fe en un documento oficial, la encíclica Rerum novarum: la acción social impulsada por la caridad de Cristo no sólo como manifestación legítima de la fe, sino como obligatoria para el conjunto de la Iglesia. En este aspecto decisivo de la espiritualidad cristiana de la época moderna es Federico Ozanam un verdadero precursor. No fue el único en su tiempo que veía las cosas así dentro de la Iglesia Católica, lo veremos más adelante, pero sí es el único que ha subido a los altares por haber vivido esa dimensión social como manifestación privilegiada de la antigua fe cristiana en los tiempos modernos. Fe que se hace carne e historia no ya en estudios de historia, sino en obras de acción caritativo-social para transformar la historia de la humanidad sufriente. Lo que comenzó en París en mayo de 1833 en manos de un grupo de ocho estudiantes universitarios es hoy una gran organización mundial católica de unos 700.000 miembros de todas las clases sociales, sin excluir las más bajas y las más altas, que viven su fe y la demuestran en multitud de actividades por los necesitados en prácticamente todas las naciones del mundo, incluyendo naciones de mayoría no católica y no cristiana, como, por ejemplo, la India y Pakistán.

Qué es la Doctrina Social de la Iglesia

Cuando se habla de DSI se aplica esa expresión normalmente a una serie de documentos de contenido social firmados por varios papas, serie que comienza en 1891 con la encíclica Rerum novarum de León XIII. Sin embargo las enseñanzas de contenido social no comenzaron con esa encíclica. Se encuentran con mucha abundancia ya en el Antiguo Testamento y en el Nuevo: enseñanzas sobre el buen uso de los bienes materiales, sobre la dignidad humana, en particular sobre la dignidad de los pobres, sobre la no violencia, sobre la igualdad, la libertad, la comunidad de bienes, la esclavitud, las competencias de las autoridades civiles, las deudas y préstamos, el auxilio a los inmigrantes, a los huérfanos y a las viudas, y en general a los pobres. Sobre esta base bíblica la tradición posterior fue elaborando un gran corpus de doctrina social que tuvo un primer momento de esplendor en los llamados Padres de la Iglesia, en particular los de los siglos IV y V. Los teólogos y moralistas de la Edad Media elaboraron abundante material de contenido social, sobre todo en los numerosos tratados De iustitia et iure. Al final de la Edad Media los descubrimientos de mundos nuevos, desconocidos en Europa hasta entonces, plantearon a la conciencia moral cristiana problemas nuevos que se centraron sobre todo en la cuestión de la dignidad humana de las poblaciones indígenas de América. Sobre este problema y otros afines varios teólogos, en especial de la universidad de Salamanca, crearon en el siglo XVI una rica producción de doctrina social que, entre otras temas, defendió con vigor la igualdad radical de todos los seres humanos. Destaca entre ellos Francisco de Vitoria, el creador del llamado Derecho Internacional. Pero, aparte de toda esta producción de carácter teórico, en el terreno de la acción social práctica, numerosísimas instituciones de la Iglesia han llevado a cabo a lo largo de veinte siglos una profunda actividad de promoción social de los estamentos pobres de la sociedad. Piénsese, por ejemplo, en lo que debe Europa a la acción de los benedictinos y de otras muchas órdenes en terrenos tan variados como el desarrollo de la agricultura, de la educación de las clases populares, de la liberación de esclavos, de la transmisión de la cultura antigua, de las artes, e incluso de la moderna ciencia empírica. La encíclica de León XIII inaugura al final del siglo XIX la era que podríamos llamar moderna de la doctrina oficial católica de contenido social. Pero ella misma se encuentra al final de un muy abundante trabajo de pensamiento social cristiano, producido a lo largo del mismo siglo por numerosos pensadores católicos, entre los que aparecen no pocos seglares; entre ellos, y no de los menores, Federico Ozanam.

Federico Ozanam y la “cuestión social”

La doctrina social moderna ha nacido para tratar de encontrar una solución de inspiración cristiana a la llamada “cuestión social”, expresión que hoy está casi en desuso, aunque no haya desaparecido ni de lejos el problema al que apunta. La cuestión social era un fenómeno nuevo en la historia de Europa, producido por las fuertes emigraciones de población campesina, con frecuencia expropiada y expulsada de sus tierras ancestrales, hacia los suburbios de las ciudades, donde esperaban encontrar un trabajo del que poder vivir en las industrias capitalistas nacientes. El fenómeno comenzó en Inglaterra en la segunda mitad del siglo XVIII y se extendió rápidamente al continente a la vuelta de la Revolución Francesa, principios del siglo XIX. Cuando Ozanam llegó a París en 1831 la cuestión social estaba en carne viva: muchedumbres de trabajadores hacinados en viviendas y en barrios marginales, gente sin trabajo, enfermedades, muerte prematura. No exageraba en modo alguno León XIII cuando, aún sesenta años después, describía la situación en estos tonos sombríos: “La mayoría de la población se debate en una situación miserable y calamitosa; obreros indefensos entregados a la inhumanidad de los empresarios y a su codicia desenfrenada, de manera que un número reducido de opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios” (R.N. 1). Aunque perteneciente por nacimiento y por educación no a la clase obrera sino a una familia burguesa de profesión liberal, Ozanam no podía dejar de ver todo esto con sus propios ojos, primero en Lyon, la primera ciudad industrial de Francia en aquel tiempo, y luego en París. Escribe en una carta de 1848: “Debemos trabajar a favor de las clases obreras, hacinadas en grandes ciudades, aplastadas por un egoísmo que les desprecia, pobres que viven al margen de una sociedad que se autoproclama libre e igual.” En un tiempo en que las luchas políticas por los cambios de gobierno y aun de régimen (de república a monarquía, y viceversa) parecían consumir las energías de las clases dirigentes, Ozanam vio muy claro y no se dejó engañar por los discursos oficiales y por los órganos de opinión manejados (igual que hoy) por las clases pudientes. El verdadero problema de la inestabilidad y de la lucha social no era en manera alguna el cambio de formas políticas, sino la cuestión social: las condiciones brutales de la producción industrial y la injusta distribución entre patronos y obreros de la riqueza producida. Véase este texto impresionante de Federico Ozanam que refleja con toda agudeza la situación de su tiempo (y que sigue siendo hoy también el mayor problema social de nuestro tiempo): “La cuestión que hoy agita al mundo no es una cuestión de personas ni una cuestión de formas políticas, sino que es una cuestión social; es la lucha de los que no tienen nada y de los que tienen demasiado, es el choque violento de la pobreza y de la opulencia que hace temblar el suelo bajo nuestros pies. El deber de nosotros, los cristianos, es el de interponernos entre esos enemigos irreconciliables, y conseguir que reine la igualdad en cuanto sea posible entre humanos.” Ozanam escribió esto unos meses antes de que Marx y Engels publicaran su Manifiesto Comunista. Por tanto, no lo había leído, ni necesitaba hacerlo para coincidir con ellos en el análisis de lo que era el problema más dramático de la sociedad de su tiempo. Las desigualdades clamorosas son signo inequívoco de la injusticia radical del sistema económico-social que las produce. Pero para intentar resolver el problema el cristiano Ozanam propone un remedio adicional en el que ni Marx ni Engels, aunque bautizados ambos, querían pensar, y que Marx rechazó explícitamente al calificar de “perros que quieren solucionar el problema social como les parece bien” a los pensadores cristianos que proponían sus propias soluciones, tal el obispo católico alemán Ketteler. Como lo propone el Manifiesto, también Ozanam piensa que hay que luchar por la justicia y por la igualdad, pero “la caridad debe completar lo que la justicia no puede hacer por sí misma”, y además anticipa que “la lucha será terrible si la caridad no hace de mediadora, si los cristianos no ponemos en juego toda la fuerza del amor”, advertencia capital que, de haberse tenido en cuenta, hubiera evitado que el siglo XX se convirtiera en el siglo más sangriento de la historia de la humanidad.

Ozanam y el movimiento social católico del siglo XIX

Acabamos de mencionar al obispo alemán Ketteler como objeto de escarnio por parte de la pluma acerada de Carlos Marx. Pero, auque tal vez el más nombrado por sus ideas y por su destacada acción social, no fue Ketteler el único miembro de la Iglesia católica que tomara parte decidida en el terreno del pensamiento y de la acción social de inspiración cristiana. Se encuentran también en ese movimiento algunos miembros de la jerarquía católica dentro de Francia, y aun fuera de ella, tal el cardenal Manning en Inglaterra o, un poco más tarde, el también cardenal Gibbons en Estados Unidos. Pero lo que de verdad llama la atención en este tema es la irrupción en escena de numerosos seglares católicos, algunos de ellos de gran talla intelectual y aun política, cuyos nombres siguen sonando hoy en la historia moderna del pensamiento social católico. Ozanam fue uno de ellos, y no por cierto el menor, sino uno de los más influyentes a través de la cátedra, de una abundante producción periodística de altura, e incluso de la participación en la acción política de su tiempo. Ya a los veintiún años escribía a un amigo: “Se quiere hacer de mí una especie de líder de la juventud católica del país”. Entre sus amistades, y también entre sus contrincantes, aparecen todas las grandes figuras del catolicismo francés de la primera mitad del siglo XIX: Chateaubriand, Lamartine, Montalembert, Lamennais, el padre Lacordaire, Louis Veuillot… Pero además hay que atribuirle, y esto sólo a Ozanam, la idea y la fundación de una institución católica de acción caritativo-social que aún perdura, y con qué fuerza, ciento setenta años después de fundada: las Conferencias o Sociedad de San Vicente de Paúl. Hablamos de contrincantes de Ozanam, pues los tuvo, y de gran talla, sobre todo en el terreno político. Aunque él mismo fue en su juventud un declarado legitimista monárquico, acogió en su edad adulta la llegada de la democracia, fruto de la revolución de febrero de 1848, como un signo de los tiempos que se debía reconocer como una señal inequívoca de la providencia del Dios que rige la historia: “Lo que he aprendido de la historia me da derecho a creer que la democracia es el término natural del progreso político, y que Dios conduce al mundo hacia ella. La revolución de febrero –escribe sólo dos meses después de la revolución de 1848- no es para mí una desgracia pública ante la que hay que resignarse; es un progreso. Yo deseo la soberanía del pueblo.” Mucho tiempo le costó al conjunto de la Iglesia Católica, anclada buena parte de ella en la antigua alianza feudal entre el Trono y el Altar, aceptar de corazón esta visión. Por ello se encontró Ozanam con fuertes contrincantes en el mismo campo católico. Pero no fue tanto su clara opción por las formas democráticas de organización social lo que suscitó la oposición contra Ozanam, sino sobre todo su opción en el terreno social a favor de las clases bajas, “esas masas tiernamente amadas por la Iglesia, porque representan la pobreza que Dios ama y el trabajo que Dios bendice. Vayamos hacia ese pueblo y ayudémosle no sólo con la limosna que ata al hombre, sino también ayudándoles a crear sus instituciones propias que los hagan mejores al hacerlos autónomos. Pido que, en lugar de desposar los intereses de una burguesía egoísta, nos ocupemos del pueblo. Es en el pueblo donde veo suficientes restos de fe y de moralidad para salvar a una sociedad que las clases altas ya han perdido”. Esta decidida postura sí que dolió a mucha gente importante de dentro y de fuera de la Iglesia. Pero la opción de Ozanam era irreprochable desde un punto de vista evangélico, y la verdad acabó prevaleciendo en la Iglesia. Y aunque no fue fácil, la nueva visión y el movimiento social creado en tiempos de Ozanam, suscitado por él en buena medida, vino a recibir el refrendo oficial de la Iglesia en la primera encíclica social, la Rerum novarum de León XIII, y luego en multitud de documentos posteriores hasta hoy mismo. Ya en pleno siglo XX, cuando el cambio de mentalidad en temas sociales y políticos había calado en buena parte de la Iglesia, encontramos este testimonio de Luigi Sturzo, el gran teórico y organizador del movimiento democrático cristiano internacional: “Ozanam fue uno de los primeros en aludir a una democracia cristiana, ya como orientación económica y social a favor de las clases trabajadoras, ya como forma política de la sociedad. Fue el primero en intuir su desarrollo histórico, y puede por eso ser llamado el primer líder de la democracia cristiana.”

El alma de la opción social de Ozanam: la visión cristiana del pobre

“Acercarse a Cristo presente en los pobres es el centro de nuestra espiritualidad”, dice el reglamento de la Sociedad de San Vicente de Paúl. Ese fue el centro también de la visión espiritual y social de Federico Ozanam, un elemento que, decíamos arriba, no sólo estaba ausente de la visión de reformadores sociales como Saint-Simon, o Marx, o Proudhon, o cualquiera de los muchos socialistas utópicos y no utópicos del siglo XIX, sino que fue rechazado explícitamente por casi todos ellos. Algunos de ellos llegaron todo lo más a admirar a Jesucristo como un gran bienhechor, el gran filántropo. No se equivocaban al calificarlo de esa manera, pero se quedaban cortos. Jesucristo fue ciertamente un gran filántropo, el mayor de todos ellos. ¿Quién ha amado a la humanidad, a toda ella, tanto como Jesucristo, el hombre-para-los-demás, que dio su vida por judíos y gentiles, por esclavos y explotadores, por amigos y enemigos? Pero aún hay más: él es el único camino que se ha dado a la humanidad para que consiga el fin de toda vida humana, llegar a Dios. Si no llega a Dios, todo ser humano individual, pero también la sociedad en su conjunto, quedarán frustrados en lo más profundo de su ser, pues “nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (San Agustín), verdad que el Concilio Vaticano II ha vuelto a recordar a la humanidad de hoy: “El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para salvar a todos y recapitular todas las cosas. El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones” (Gaudium et spes 45). De manera que en esta época final de la historia, la que comienza con la vida, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret, “no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que podamos salvarnos” más que el nombre de Jesús (Hch 4,12). Pero una vez exaltado a la derecha del Padre, el mismo Jesús no es ya agente visible en la historia de la humanidad posterior a su ascensión. Ciertamente está presente, aunque ya no visible, cuando dos o tres se reúnen en su nombre, en los sacramentos, en la oración personal y la oración compartida, en el dolor, en el gozo, en múltiples circunstancias de la vida diaria, en la práctica del amor fraterno. Pero su presencia más viva, la que él mismo ha destacado expresamente en sus enseñanzas, se da en el que tiene hambre, en el que tiene sed, en el desnudo, en el preso…, pues “lo que hicisteis por el más pequeño de mis hermanos, me lo hicisteis a mí”. De manera que para llegar a Cristo, que es a su vez el único camino hacia Dios, el camino privilegiado e infalible pasa sobre todo por el necesitado, por el pobre. Así expresa Federico Ozanam esta convicción en un texto que refleja con toda viveza la visión que llegó a ser la fundamental en su manera de vivir la fe cristiana, visión que sigue siendo hasta hoy el alma de la espiritualidad propia de la Sociedad de San Vicente de Paúl: “A los pobres los vemos con los ojos de la carne; ahí están, y podemos introducir los dedos en sus llagas; las marcas de la corona de espinas son visibles en sus frentes. Vosotros, los pobres, sois imagen sagrada de Dios, a quien no vemos, y, como no podemos amarle de otra manera, le amaremos en vuestras personas. Vosotros sois nuestros amos, y nosotros seremos vuestros servidores.” Adviértase la radicalidad de la convicción: “no podemos amar a Dios de otra manera” que en las llagas y en la corona de espinas que estas imágenes vivas de Cristo llevan en sus pies, en sus manos y en sus frentes. Al decir esto Ozanam revela una unidad profunda de visión con aquel que él mismo y sus amigos fundadores tomaron por patrono e inspirador de sus Conferencias, san Vicente de Paúl. Multitud de veces repitió a quienes se dejaron inspirar por él que “los pobres son nuestros amos y señores”. En cuanto a la idea de que el pobre es imagen viva de Jesucristo, he aquí cómo la expresaba san Vicente de Paúl: “No hemos de mirar a los pobres según su aspecto exterior. Dad la vuelta a la medalla, y a la luz de la fe veréis que los pobres nos representan al Hijo de Dios” (Obras completas de san Vicente de Paúl, CEME, Salamanca, tomo XI, p. 725). Pero esa visión del pobre no la inventaron ni Vicente de Paúl ni Federico Ozanam. Ambos la encontraron en el evangelio. Fue además la visión que durante siglos inspiró los inmensos esfuerzos que hizo el mundo cristiano por la redención histórica y eterna de los pobres. Pero la idea se empezó a difuminar precisamente en tiempos de Vicente de Paúl, cuando ante el crecimiento vertiginoso de la población pobre, la sociedad, a través de sus rectores políticos, comenzó a tratar el problema de la pobreza, con medios preferentemente represivos, como una mera cuestión de orden social. El siglo XVIII, el de la Ilustración, casi acabó con todo rastro de visión cristiana ante el problema de la pobreza creciente. De manera que cuando los muchos reformadores y revolucionarios del siglo XIX, y también del XX, alarmados por las dimensiones gigantescas de la pobreza creada por la revolución capitalista industrial que se iba apoderando no ya de Europa sino de todo el mundo, empezaron a pensar en sus propias recetas para resolver el problema, a ninguno de ellos, fuera de los de inspiración cristiana, tal Federico Ozanam, se le ocurrió apelar a la visión cristiana tradicional para dar solidez a sus teorías y sus esfuerzos para tratar de resolver el mayor problema social de aquel tiempo, que se ha agudizado aún más en el nuestro. Pero, como también recordó a toda la humanidad el Concilio Vaticano, cuando se deja a Dios de lado, los mismos esfuerzos por humanizar la vida social y hacerla más justa hacen aún más inhumanos al hombre y la organización de la sociedad. Ejemplo de ello, que no ha sido el único a lo largo del siglo XX, la Revolución de Octubre.

Federico Ozanam, precursor del apostolado de los laicos

Los laicos tienen por sí mismos una vocación al apostolado que no brota de la jerarquía sino de su misma unión con Cristo, Cabeza de la Iglesia, es decir, de su bautismo: “Insertos por el bautismo en el Cuerpo Místico de Cristo, es el Señor mismo el que los destina al apostolado” (Apostolicam actuositatem, 3). Esta misión al apostolado, decíamos, no mana de la jerarquía de la Iglesia, aunque ciertamente se lleva a cabo dentro de la Iglesia y debe por ello tener en cuenta “los principios y las ayudas espirituales” que emanan de la jerarquía, pues ésta tiene como función propia “ordenar el ejercicio del apostolado al bien común de la Iglesia, y por ello tiene el deber de “vigilar para que se guarden la doctrina y el orden” (Ap. act.,24). A partir de estas ideas del Concilio Vaticano II todo esto ha llegado a ser hoy doctrina suficientemente conocida y aceptada por el conjunto de la Iglesia. Pero en tiempos de Federico Ozanam, primera mitad del siglo XIX, estaba muy lejos de ser así en la mentalidad predominante en la Iglesia Católica. Pero a Ozanam no le hubieran cogido de sorpresa ya en su tiempo estas ideas del Concilio Vaticano II. Había que asegurar la naturaleza plenamente laica y a la vez plenamente eclesial de sus Conferencias, Ozanam lo hizo con toda claridad ya en el comienzo de su existencia de esta manera inequívoca y escueta: “Queremos que esta Sociedad (de San Vicente de Paúl) sea plenamente laica sin dejar de ser católica.” Años después Ozanam se interesó vivamente por el mundo de las misiones, y contribuyó con su pluma a los recién fundados Annales de la propagation de la foi. De una de sus contribuciones destacamos esta frase que resume perfectamente su visión de cristiano laico maduro en su fe y consciente de su responsabilidad: “El laico se encuentra asociado al sacerdote en la obra de la redención universal.” Esta frase podría reflejar perfectamente la visión definitiva de Federico Ozanam. La redención universal de la humanidad no se puede dejar en manos exclusivamente del clero. Es una tarea para todos los miembros de la Iglesia, pues para todos los bautizados que creen en su nombre vale el mandato del Señor de anunciar el evangelio a todas las naciones. Sólo que dentro de ese mandato de redención anunciada para todas las gentes, los miembros de la Sociedad de San Vicente de Paúl han creído, desde su misma fundación, que lo que a ellos toca, por vocación dada sin duda por el Espíritu del Señor, es trabajar no ya por la redención de todas las clases de gentes, sino sólo por las gentes pobres. En ese trabajo encuentran las Conferencias de San Vicente de Paúl, y también lo encontró el beato Federico Ozanam, su camino propio para llegar al Dios de Nuestro Señor Jesucristo.

Para más informacion entrar en www.somos.vicenciano.org

 

Mitxel Olabuénaga, C.M.

Sacerdote Paúl y Doctor en Historia. Durante muchos años compagina su tarea docente en el Colegio y Escuelas de Tiempo Libre (es Director de Tiempo Libre) con la práctica en campamentos, senderismo, etc… Especialista en Historia de la Congregación de la Misión en España (PP. Paúles) y en Historia de Barakaldo. En ambas cuestiones tiene abundantes publicaciones. Actualmente es profesor de Historia en el Colegio San Vicente de Paúl de Barakaldo.

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