Fin de trayecto del Sureste

Amigos, todo tiene su principio y su estación término, en este mundo nuestro, hecho de mapas y de trazados diversos. Suele haber una pequeña diferencia entre el camino de ida y el camino de vuelta: la ida comienza con euforia, ya que vamos hacia alguien o hacia algo que nos espera con los brazos abiertos, para darnos la bienvenida; la vuelta suele ser tristona porque dejamos atrás a alguien o a algo que nos ha llenado de risas, alegrías y fiestas… Pero, como todo en la vida tiene su excepción, el último encuentro de la zona sureste, el 9 de Junio, también tuvo su excepción: no fue una despedida de fin, sino de bienvenida gozosa de hermanos, que se reúnen en un marco de recuerdos y vivencias inolvidables. Cuenca, para las viejas generaciones de Paúles de España, evoca sueños de juventud, aires de esperanza, vida, ilusión, mirada al horizonte luminoso, azul añil… Alguien dijo convencido, mirando al Huécar y a la sultana, con San Pablo en medio, que el año de Cuenca, ya lejano, fue de los mejores recuerdos de su vida.

No hubo aperitivos de bienvenida, ni olés de recepción, teníamos prisa por llegar a la catedral, para compartir la mesa de la fiesta y de la amistad. Los horarios fijados apremiaban, ya que, después de la misa, nos esperaba una visita guiada a la catedral, con sus capillas y claustros…

Esta vez ni siquiera esperamos a que llegaran todos los anunciados. Allá estábamos lo más nutrido del equipo Sureste: Julián, de Cuenca; Felipe, Antonio y Alberto de Cartagena; Ángel de Madrid; Santiago Arribas, recién incorporado a Madrid desde Puerto Rico; José Luis, Helios y este humilde servidor de Albacete; los de Valencia llegaron ya iniciada la fiesta del Pan y del Vino, pero, para compensar la tardanza, llegó la Comunidad en pleno, escoltados por su Visitador Enrique Alagarda, acompañado de Pedro, Javier, Luis Humberto y Raimundo.

La misa fue sencilla, presidida, finalmente por el P. José Luis Crespo, después de algún tira y afloja sobe el tema de Presidencia, ya que Cuenca es parte de la única Comunidad jurídica de Albacete. Las ideas compartidas de la homilía incidieron sobre lo que es normal en estas ocasiones: acción de gracias por tantas cosas vividas y compartidas con alegría a lo largo del curso; las aristas y malos rollos a suavizar; las muchas cosas y búsquedas que nos aguardan el próximo curso, que tenemos que encarar con optimismo; superar los cansancios y las desganas de nuestra edad avanzada y lo que quisieron añadir algunos con más imaginación y sentido de creatividad abierta…

Y al terminar la misa allá nos esperaba, paciente y afable, Don Miguel Ángel Álvarez, Vicario general que fue de la diócesis de Cuenca, para enseñarnos la catedral. Fue el mejor guía que podíamos encontrar en la capital y alrededores. No faltaron detalles jocosos y curiosos, llenos de erudición y de buen humor, que captan atenciones y hacen sonreír maliciosamente a los mal pensados y a otros que no lo son tanto. Destaca entre otros la vida y milagros de aquel cardenal egregio, de cuyo nombre no quiero acordarme, que, con sus pecados pecuniarios, llenó de artes esculturales capillas distinguidas, y tumbas privadas… Pero tuvo la honradez y la humildad de lavar sus pecados con su inscripción funeraria “Aquí yace el Tesorero pecador” o algo así, pero en latín. Otro distinguido de renombre fue el escultor francés Janete, cuyo arte escultórico sobresalía muy por encima de su lenguaje cavernícola y hasta blasfemo… Estos dos ejemplos son una muestra más de la ambivalencia de la imagen borrosa de aquella iglesia nuestra de los tiempos que los historiadores han acordado llamar modernos, aunque tengan mucho más de humanos y atávicos que de divinos y de luces nuevas. Menos mal que en nuestra historia vieja siempre hay luces que emergen de las sombras… Y allí brillaba la historia viva del Santo patrón de Cuenca, San Julián, el Santo Tranquilo y “cestero”, que con sus manos hábiles manejaba como nadie las mimbres con que fabricaba sus cestillos, que vendía después para dar de comer a sus amigos, los pobres, cristianos e infieles, sin distinción de culturas ni de credos. Eso sí que era vivir la modernidad siempre nueva del Evangelio…

Y para terminar la comida en el Parador, para dar ocasión de conocerlo a quienes no habían tenido el privilegio de vivir un año en aquel palacio rocoso de San Pablo. Fue una comida de esas que se llaman de diseño, creo. Bien la acogida del personal del Parador, pero eso de las comidas de diseño, a esos precios tan diseñados, se ve que se nos atragantan en nuestros paladares de pueblo… Vamos, que no nos olvidaremos fácilmente de esas cucharas retorcidas con un trocito de no sé qué, aunque digan que era miel sobre hojuelas…

Y para terminar, mil gracias por haber venido y feliz verano a todos. Los de Albacete aún tuvimos tiempo para visitar y ofrecer unos mimos comunitarios a nuestro buen amigo Tomás, que no pudo asistir a la fiesta del Sureste por su trabada pierna izquierda, recién operada….

P. Félix Villafranca

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