Una Pascua Rural con sabor añejo

Con tanta procesión de lujo por las calles de las grandes ciudades de nuestra España; con tantos tambores y trompetas y flores de colores y luces y sombras, a la entrada de las catedrales; con tantos balcones engalanados y saetas y músicas fúnebres…, nos hemos olvidado de las tradiciones sencillas de nuestros pueblos perdidos en las montañas y en las sierras de mil nombres de nuestra geografía nacional…

Sin embargo, es precisamente en estos pueblos sin nombre donde se conserva el sabor añejo, como de buen vino, de las tradiciones ancestrales de Semana Santa que nos legaron nuestros abuelos y bisabuelos… Cierto que el paso del tiempo y la influencia de los medios de comunicación ha barnizado el rostro austero de nuestras tradiciones centenarias de la semana grande de nuestra fe, pero, en su conjunto, las celebraciones del Triduo Pascual rezuman creencias y costumbres que vienen de lejos, y que los mayores del lugar conservan como reliquia preciosa de la historia viva de su pueblo… Es para dar gracias a Dios el hecho de que, en esta sociedad iconoclasta del pasado, todavía queden pequeños restos de Israel que se sienten orgullos de ser fieles al legado que les han transmitido sus mayores…

Cotillas y Villaverde, de cien y cuatrocientos habitantes respectivamente, en el corazón de la sierra de Albacete, son los pueblos en los que tuve el privilegio de vivir la Pascua este año. Han venido a menos en sus habitantes y en sus posibilidades de vida rural, pero conservan el orgullo de sentirse de su pueblo, y de volver a él los que, por razones prácticas, lo dejaron hace años… Así, la población de estos pueblos crece bastantes enteros en estos días… Allí encontré gente que vive en Cataluña, Zaragoza, Valencia, Albacete… Y vienen por huir del ruido, buscando la tranquilidad y la belleza de la sierra, pero, sobre todo, para encontrarse con los suyos y vivir su Semana Santa…

No tapan los santos y crucifijos de la Iglesia como antaño, no hacen los ayunos severos de tiempos atrás, pero guardan sus vigilias y abstinencias; siguen confesando y comulgando por Pascua, y sus imágenes de siempre pasean por sus calles, en procesiones silenciosas y llenas de sentido religioso. Pasean las imágenes por sus calles y por las veredas que miran a sus campos, seguros de que el Señor bendecirá sus trabajos y les traerá buenas cosechas… Y los cantos, sus cantos de siempre, tienen todavía sabor amargo, de llanto y de dolor, de penitencia y de perdón. Pero debajo de ese ropaje se percibe la fe sencilla y humilde, cargada de esperanza, que llegará a su plenitud en la Procesión del Encuentro que precede a la Misa de la Resurrección. En el corazón sencillo de estas buenas gentes, el encuentro de María con su Hijo Resucitado es la visualización del triunfo de la Vida sobre la muerte. Y estalla la alegría. Tres reverencias previas al abrazo simbólico entre la Madre y el Hijo. Le quitan el manto de luto a la Madre y la visten de fiesta con el mejor manto de blanco guardado cuidadosa y reverencialmente el resto del año…

Otros momentos solemnes a destacar en la celebración Pascual de estos pueblos, ricos en tradición religiosa, son la instalación del Monumento el día de Jueves Santo y la Adoración de la Cruz el día de Viernes Santo, junto con la procesión del mismo Viernes Santo. Y no es que la celebración litúrgica de estos días, tan rica en contenido, no tenga relevancia, no, sino que donde ponen el corazón y la sensibilidad viva estos creyentes mayores es precisamente en este simbolismo de su fe heredada… Al menos eso es lo que se percibe desde fuera…

Sin embargo, nos engañaríamos del todo, a mi entender, si juzgásemos la vivencia religiosa de estas buenas gentes desde la sensibilidad ilustrada de nuestra práctica religiosa actual. Sus manifestaciones religiosas de Semana Santa no son la expresión de un sentimentalismo religioso atávico, vacío del contenido profundo de fe y de esperanza propio de estas celebraciones pascuales, sino el vestido con que envuelven precisamente esta fe heredada y custodiada con fidelidad envidiable. Cuando se entra en el corazón sencillo de estos creyentes de a pie, con cercanía, con palabras llenas de vida y sentidas por parte del celebrante… Cuando se les explica con transparencia el sentido de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, que entrega su vida libremente, por amor a cada uno de nosotros, estos fieles humildes son capaces de emocionarse hasta las lágrimas, y, de paso, contagiar al que les está hablando…

Y estalla la empatía emotiva. Y brillan sus ojos y se hacen amigos, y te sonríen, y te miran y te dicen con su mirada: a la salida te espero para darte un abrazo e invitarte a lo que sea…

El final era casi previsible: un aplauso sonoro de empatía compartida y un adiós, hasta la próxima, que esperamos que no tarde.

Amigos de Cotillas y Villaverde: ¡me habéis robado el corazón! Que el Señor sostenga y aumente vuestra fe, y vuestra fe se convierta en un río de agua viva que fecunde vuestros campos y vuestras vidas…

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