Día de la Provincia en la Zona Levante

Puntuales a la cita una vez más, el uno de Mayo, nos reunimos, animosos y joviales, en nuestra casa de Albacete, el grupo representativo de las Comunidades de Cartagena, Cuenca y Albacete. Los de Madrid prefirieron, esta vez, unirse a la plana mayor de la Provincia en Pamplona.

No éramos muchos, solo nueve en total, pero selectos: Chema y Wilson, de Cartagena; Tomás y Juan Julián de Cuenca, y la plana mayor de Albacete, a excepción de nuestro hermano Burguete, siempre disponible al servicio de las Hijas de la Caridad. Esta vez le tocaba Castelnovo.

La bienvenida estaba planeada para las 12:30, pero ya se sabe que, en estos días de medio fiesta, las tareas habituales y el tráfico ponen trabas en las ruedas de los coches. No obstante, los que llegaron puntuales, no perdieron el tiempo: a gloria les supieron a Chema y Wilson los aperitivos de entretiempo, mientras esperábamos a los rezagados de Cuenca. Y de paso, los de la Comunidad de acogida desfrutamos de la presencia de nuestro hermano Wilson, al que algunos de los nuestros no habían visto desde hacía tiempo…

Esta vez, la fiesta grande de la Familia de la Provincia por estas tierras estaba centrada en la Eucaristía y en la comida familiar, distendida, con los extras que reclamaban la ocasión. Y, como todo quería ser familiar e íntimo, decidimos tener la Eucaristía en nuestra pequeña capilla comunitaria: alguna ventaja tenía que tener ser solo un puñadito de hermanos bien avenidos…

Todo estaba preparado de antemano: José Luis había avanzado los momentos litúrgicos específicos: moniciones, peticiones de perdón, ofrendas, recuerdo especial de los hermanos que nos han acompañado en el camino, acción de gracias, cantos… Y como yo estaba en el listado de los que celebraban alguno de esos aniversarios solemnes, nada más y nada menos que el sesenta aniversario de mi vocación, del 55 de Limpias al 2015 de Albacete, me tocó en suerte presidir la Eucaristía, no sin antes dejar claro que el honor primero correspondía a Jesús Maria Osés y a Martín Burguete, miembros de nuestra Comunidad, que celebran este año las bodas de oro de su ordenación sacerdotal.

Por decisión propia, pero consensuada, celebramos la fiesta votiva en honor de San Vicente, que para eso es el santo y seña de nuestro caminar vicenciano por la vida, el que ha colmado las aspiraciones más nobles del servicio evangélico a los pobres y nos ha ayudado a vivir animosamente, incluso con alegría permanente, los avatares de nuestras pequeñas historias personales…

En nuestro compartir de la homilía hicimos alusión a la fidelidad al amor primero, esa llama que iluminó y nos dio impulso y valor para tomar la decisión que marcaría nuestra vida… Dimos gracias a Dios por haberse fijado en nosotros, conscientes de que no éramos, ni mucho menos, la flor y nata de nuestros pueblos. Tampoco éramos lo peor, cierto, veníamos, eso sí, de familias muy religiosas, en general… Pero, lo cierto es que el Señor, sin ningún mérito especial por nuestra parte, nos miró con predilección y nos ha ido acompañando a lo largo del camino. Hicimos un recuerdo especial de tantas mediaciones que han hecho posible el recorrido evangélico de nuestra trayectoria. Saboreamos también el privilegio que supone haber sido elegidos para la vida en Comunidad vicenciana, al servicio de lo despreciable de la sociedad. Alguien recordó lo que tantas veces nos decían en el Noviciado, atribuyendo al religioso en general el texto de San Bernardo: el vicenciano “Vivit purius, cadit rarius, surgit citius, remuneratur copiosius…”

Y como era el día de San José obrero, día de honrar el trabajo bien llevado, no podía faltar una mirada a la concepción del trabajo de San Vicente. Se citó un documento, bien estructurado y documentado que nos ofrecía la web “somos.vicencianos.org”. Se titula “San Vicente de Paúl y el trabajo”. Está tomado de la fuente “En tiempos de San Vicente y hoy. Vol. 1.” Es altamente recomendable para todo vicenciano que se precie de serlo, pero, sobre todo, para nosotros, en este tiempo en que el trabajo, el poder trabajar hasta el final, es el mayor tesoro que el Señor nos regala y la mejor manera de vivir la vocación vicenciana en el servicio de los pobres.

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